MizukyChan Bill, el tigre

Bill, el tigre”

Tom apretó las cejas y miró alrededor, a la gente que lo rodeaba, preguntándose dónde había ido Bill esta vez.

Estaban en el zoológico, tal como Tom le había prometido a Bill hace algún tiempo atrás y el chico tenía la tendencia a desaparecer cada cinco minutos. El primer par de veces, Tom se asustó más que la mierda. El zoológico era grande y, aunque no había mucha gente, un pequeño como Bill podría meterse en muchos problemas y muy rápido, y Tom estaba muy preocupado de que se lastimara, se perdiera o se lo comiera un león.

Pero Bill nunca se iba muy lejos y, esta vez, Tom no se asustó demasiado. El chico simplemente se emocionaba mucho por las cosas que veía, que se olvidaba de decirle a Tom a dónde iba, antes de correr para mirar de más cerca y ahora Tom había aprendido a mirar alrededor con más atención antes de preocuparse.

Bill era un niño muy cuidadoso. No trataba de acariciar a los animales, no subía a las rejas, ni tampoco seguía a extraños. Se mantenía a una distancia apropiada de cualquier peligro y Tom sabía que no necesitaba preocuparse, sólo deseaba que el chico no fuera tan jodidamente rápido.

Esta vez había una señalética con direcciones que captó la atención de Bill, Tom lo encontró mirándola con los ojos muy abiertos y sus labios se curvaron en una sonrisa.

¡Mira, Tomi! —Gritó cuando el mayor llegó hasta él—. ¡Tigres!

Tom miró el letrero y respondió a Bill con una sonrisa, revolviendo su cabello, sonrió ampliamente cuando el pequeño lo giró hacia donde indicaba el letrero.

¡Tigres, Tomi!

Sí —respondió el mayor, divertido por la emoción de Bill—. Ya casi llegamos.

¿Tenemos que ver a los otros animales? —Preguntó el niño, mirando a Tom con ojos grandes y suplicantes—. ¡Quiero ver los tigres ahora!

Tom dejó salir una risita baja. Ya habían visto casi a la mitad de los animales y sabía que Bill se estaba poniendo impaciente. Claro que le encantó ver a los monos trepando y jugando entre ellos y había estado fascinado por los enormes elefantes, pero Tom sabía que lo que realmente le importaban eran esos jodidos tigres. Y ya que esa era la verdadera razón por la que Tom lo había llevado ahí, obviamente no le importaría perderse el resto. De todas maneras él no estaba interesado, él sólo estaba allí para hacer feliz a Bill.

Claro —sonrío—. Pero después de los tigres tenemos que comer algo, ¿está bien?

Bill no respondió, ya estaba en camino hacia donde la señal indicaba que estarían los tigres. Y con un suspiro divertido y una pequeña negación de cabeza, porque el niño parecía que ni siquiera escuchó lo que le dijo, lo siguió, mirando perezosamente a los animales que había en su camino.

Tom en realidad no era un gran fan de los animales, no le molestaban las mascotas domésticas, como los gatos o perros, pero básicamente era eso. No estaba interesado en los diferentes tipos que había visto hasta ahora y tampoco estaría interesado en los que vería después.

Pero Bill sí se estaba divirtiendo mucho y eso hacía que todo valiera la pena. Era sorprendente lo mucho que había cambiado Tom desde que conoció al pequeño pelinegro, pero por alguna razón, no le molestaba. Ahora era una persona mucho más amena, no sólo con los niños, sino con todo el mundo. También era mucho más paciente ahora, y apreciaba los pequeños detalles, sólo porque veía que hacían feliz a Bill.

No tenía idea que ser la niñera de un niño podría cambiarlo tanto, pero por alguna razón no quería nada más que Bill tuviera una buena vida, por extraño que eso sonara, y algunas veces se sentía mucho más mayor que sus diecisiete años, envejecía diez años al ver como el niño iluminaba su cara cuando veía algo que le gustaba y siempre sentía que debía ser más responsable que cualquier niñera.

Probablemente era porque le habían pedido cuidar al niño muchas más veces que a una niñera normal. Últimamente, Bill pasaba la noche en casa de Tom casi cada fin de semana y, a menudo, la mujer que trabajaba como sirvienta en la casa de los Trumper, llegaba con Bill cuando ella se iba a su propia casa y así él lo cuidaba por el resto de la noche. Simone siempre llegaba tarde y le pagaba a Tom una generosa cantidad de dinero cuando ella no alcanzaba a llegar a casa a cuidarlo ella misma.

Los padres de Tom no estaban muy felices por ello, pero Tom se había encariñado con Bill y no podía decir que no. Y si la madre del niño no podía cuidarlo ella misma, ¿quién lo haría?

¿Tomi? —Tom salió de sus pensamientos, cuando Bill tiró la manga de su camisa. Se habían detenido junto a los tigres y Bill estaba, justo como Tom pensó que estaría, fascinado por los grandes animales.

¿Sí?

¿Te gustan los tigres?

Tom miró a los enormes felinos que descansaban bajo el sol, disfrutando la calidez del clima que finalmente había llegado para otorgarles un lindo día de primavera.

Supongo —se alzó de hombros, aunque en realidad no le importaba—. Por lo menos, no me desagradan.

Desearía ser un tigre —dijo el pelinegro, mirando hacia arriba, a Tom—. ¡Uno grande, que de miedo!

Los tigres no comen hamburguesas con papas fritas. —Tom sonrió, sabiendo que Bill no sólo se emocionaba por los animales, sino también porque hoy tendría permiso de comer comida chatarra—. ¿Significa eso que quieres saltarte la cena?

Los ojos de Bill se abrieron grandemente y, de inmediato, negó con la cabeza, mirando a Tom como si en verdad creyera que el mayor estaba hablando en serio.

Tomi, lo prometiste —dijo con un tono de voz agudo y chillón, con los ojos tan abiertos que Tom se sintió mal por bromear, sabiendo lo en serio que Bill se tomaba las cosas.

Lo sé —respondió el mayor con una cálida sonrisa y se arrodilló frente a él tomando las pequeñas manitos entre las suyas—. Tú sabes que yo siempre cumplo mis promesas —dijo suavemente—, y mira allí —continuó, señalando a un pequeño restaurant de comida rápida—, podemos comer hamburguesas y papitas fritas y también podremos ver a los tigres desde ahí.

Bill le dio una sonrisa brillante, asintiendo feliz y, cuando Tom se levantó, siguió sosteniendo su mano, dándole un leve tironcito, con una sonrisa.

¿Podemos comer ahora?

Sí. —Tom soltó una risita, sintiéndose orgulloso por lo fácil que había sido convencer a Bill de ir a comer. El chico había estado tan emocionado por los animales, que no había estado para nada interesado en la comida cuando almorzaron, y Tom había estado un poco preocupado de tener que obligarlo a sentarse y comer—. Vamos.

&

Casi una hora después se las arreglaron para tener algo de alimento en su sistema, y Bill se había cansado de observar a los tigres durmientes que no se movían en absoluto, así que caminaron por el zoológico, en busca de cualquier cosa que llamara la atención de Bill.

De hecho, ya no estaba tan interesado en los animales. Estaba más interesado en correr por los alrededores, gruñéndole a la gente que lo miraba y que sonreía en respuesta a los pequeños “rawrs” que soltaba cuando sus ojos se encontraban.

Tom le había comprado una tiara con orejas de tigres y desde ese momento, había estado ocupado saltando por los alrededores, pretendiendo ser un tigre y, aun cuando Tom sabía que debía decirle a Bill que se calmara un poco, no parecía molestar a nadie en realidad. Las personas a las que Bill gruñía, también tenían niños, o eran parejas de ancianos, así que la mayoría parecía pensar que era muy lindo, y aquellos que no le sonreían, simplemente lo dejaban en paz, así que Tom no estaba preocupado.

Hey, Bill —gritó cuando el pequeño, finalmente, parecía un poco cansado de su juego—. ¿Quieres comer helado antes de que nos vamos?

El pelinegro detuvo sus saltos y corrió de regreso a él, dándole una amplia sonrisa.

A mamá no le gusta que coma helado los días de la semana —dijo sorprendido—. ¿Qué pasa si se enoja?

Bueno, tu mamá no tiene por qué saberlo —contestó Tom con una sonrisa, guiñándole un ojo al chico, cosa que lo hizo reír—. Será nuestro secreto.

Bill dejó escapar otra risita y asintió feliz y cuando comenzaron a caminar hacia el puesto de helados, volvió a tomar la mano de Tom y el mayor no pudo evitar sonreír cuando los pequeños deditos se aferraron a los suyos. Podría negarlo todo cuanto quisiera cuando estaba con sus amigos, o cuando Bill se portaba extra pesado, se podía decir a sí mismo que sólo lo hacía por dinero, pero al final, adoraba a este chico y haría cualquier cosa por verlo feliz.

Compraron sus helados y encontraron un lugar para sentarse en una mesa de madera. Tom observó cómo Bill probaba feliz su helado. Se las arregló para pedirle a Tom que lo dejara pedir dos sabores en su helado, salsa de caramelo y chocolate y Tom ya podía sentir el subidón de azúcar que tendría el niño cuando volvieran a casa y, desafortunadamente para él, tendría que conducir un largo camino de regreso.

Tom giró cuando escuchó como alguien chocaba con el bote de basura por accidente. Arrugó el ceño, preocupado, cuando vio a un niño sentado en el suelo, llorando fuertemente, hasta que de pronto llegó su mamá, arreglándolo todo con unos dulces. Con una pequeña sonrisa, Tom volteó hacia Bill y soltó un sonoro suspiro ante lo que vio.

Durante los dos minutos en que Tom se distrajo mirando hacia otra parte, a Bill se le cayó su cono de helado y ahora estaba tratando de tomarlo de la mesa con sus manos, creando todo un desastre al tratar de meterlo de vuelta en el envase.

Bill —suspiró y sacó unos pañuelos de papel para tratar de ayudarlo—. Okey, detente —dijo al ver que Bill sólo estaba empeorando las cosas y soltó otro suspiro al ver que el niño hacía un puchero de tristeza, pero al menos, ya no estaba tocando el helado derretido—. Toma, límpiate las manos —dijo y le dio al pelinegro algunos pañuelos—. Yo me encargaré de esto.

Lo siento, Tomi —dijo. Acentuó su puchero y comenzó a limpiarse las manos—. Se cayó…

Claro que sí —murmuró Tom, luego volvió a mirar al niño, quien se miraba las manos con una expresión de culpa y, una vez más, Tom encontró imposible enojarse con él. Era demasiado lindo para ello—. Está bien, Bill —dijo con un tono mucho más suave esta vez—. Esas cosas suceden. Y sólo es helado, nadie salió herido.

Bill asintió en silencio, pero no dijo nada y Tom aguantó las ganas de rodar los ojos.

Estúpido niño sensible.

¿Te quieres comer el resto? —Preguntó con suavidad y observó cómo Bill miraba el cono antes de negar con la cabeza—. ¿Estás seguro? —Lo tentó—. Ya sabes que a tu mamá no le gusta que comas cosas poco saludables, quién sabe cuándo vuelvas a comer helado.

Bill se mordió el labio y luego asintió lentamente, estirando la mano para tomar la cuchara de plástico. Lentamente y sin decir nada, siguió comiendo. De pronto, ya no se veía feliz.

¿Bill?

El chico se encontró con la mirada de Tom y éste le dio una cálida sonrisa, estirando la mano para revolver su cabello, sonriendo cuando el chico, por fin soltó otra risita.

No estoy enojado contigo, ¿okey? —Dijo con cariño—. Así que cómete tu helado y cuando nos vamos al auto, te compraré otro recuerdo, ¿te parece bien?

Okey. —Bill sonrió, ahora lucía mucho más feliz—. Gracias, Tomi.

Cualquier cosa por ti, Bibi.

&

Eran casi las siete y media de la tarde, cuando Tom, finalmente estacionó el auto en la casa de los Trumper, y con una sonrisa, giró para ver a Bill, quien estaba profundamente dormido en el asiento trasero.

El niño se lo llevó hablando la primera hora y media del camino de regreso, pero eventualmente se inclinó en su asiento, parpadeando cansadamente, y pronto se quedó dormido. Tom no se quejó en absoluto, de hecho se puso feliz cuando al fin tuvo algo de paz. Sí, había sido un día divertido, pero para un adolescente de diecisiete años, algunas veces, un niño como Bill podía ser demasiado, sin importar cuánto lo quisiera.

¿Bill? —Llamó suavecito—. ¿Estás despierto?

El pelinegro murmuró algo, pero no abrió los ojos y con una risita ronca, Tom bajó del auto, dio unos cuantos pasos y abrió la puerta de Bill, desabrochando cuidadosamente su cinturón de seguridad.

¿Bill? Llegamos a casa.

El niño todavía no respondía y, con un suspiro divertido, Tom pasó un brazo por los hombros del niño y la otra por sus piernas y lo sujetó en sus brazos. Después de un poco de lucha, lo sacó del coche y cerró la puerta con el pie.

Ya estás pesado para esto —murmuró el mayor, mientras cargaba a Bill a su casa. Hizo sonar el timbre con el codo—. Gracias a Dios eres pequeño para tu edad.

La puerta se abrió y Simone lo saludó con su acostumbrada sonrisa de negocios. Algunas veces Tom se preguntaba si alguna vez ella sonreía de verdad o si siempre, las cosas eran un negocio para ella. Él nunca había visto a alguien darle tantas sonrisas falsas como hacía ella y en cada ocasión, se cabreaba.

Bill se quedó dormido —dijo, señalando lo obvio—. Lo llevaré a acostar.

Oh, él puede caminar —respondió Simone, estirando una mano para sacudir el hombro del niño—. Despierta, cariño, Tom quiere irse a casa.

Está bien —le aseguró Tom y entró caminando a la casa—. No me tomará demasiado, bajaré en un minuto.

Escuchó como ella hacía un ruido de desagrado, pero en realidad no le importó. No veía motivo para despertar a Bill y obligarlo a caminar estando así de cansado. Y tampoco era que Tom no pudiera cargarlo un poco más.

Cuando pasó por la sala, vio que había alguien más allí y, con el ceño apretado, giró el rostro para ver quién era, dándole al hombre, un saludo formal con la cabeza. El tipo no podía tener más de veinte años y con un suspiro cabreado, continuó caminando, sin querer saber con quién demonios estaba saliendo Simone esta vez.

Siempre había alguien, siempre mucho menor que ella y siempre era la razón por la que ella necesitaba que cuidara de Bill. Hombres o trabajo, era todo lo que ella hacía con su vida y siempre parecía ignorar el hecho de que tenía que cuidar a su hijo de siete años.

Llevó a Bill hasta su habitación y, sin demasiado problema, lo metió bajo las cobijas, encontrando el tigre de peluche que le regaló en la Navidad, acomodó la manta sobre el niño y cuando Bill giró, abrazó fuertemente al peluche y Tom no pudo evitar mostrar otra sonrisa.

¿Tomi? —Susurró Bill y abrió los ojos. El mayor se sentó en el borde la cama, acariciando con suavidad el cabello del niño, mientras éste lo miraba con ojos adormilados.

¿Sí?

Este fue el mejor día de mi vida.

Tom soltó una risita suave y asintió como respuesta.

Sí, lo fue —estuvo de acuerdo, dándose cuenta que en verdad se había divertido bastante—, pero ahora tienes que dormir, ¿está bien?

Mhm —murmuró el pelinegro y volvió a cerrar los ojos, bostezando cansadamente, mientras volvía a abrazar a su tigre—. Te amo, Tomi.

Tom se levantó de la cama y miró hacia abajo, al niño, con una sonrisa en la cara.

Yo también te amo, Bibi.

& FIN &

Aaawww que cosita tan tierna, ¿no creen? Yo adoro esta serie y se me rompió el corazón al ver que ya terminó. Sí, sólo quedan dos one-shots más y se acaba esta temporada. Sin embargo, ya le dejamos a Zarlina el bichito de la duda, para que se anime a escribir una secuela con ellos dos en el futuro. No olviden que los escritores se animan con los comentarios, así que si ustedes también quieren leer ese fic del “futuro Toll”, no se vayan sin comentar.

MizukyChan: Administradora del sitio. También escritora y traductora del fandom.

1 Comment

  1. Que continue
    Simone se casara o que??
    necesito respuestas por favor!!!
    lo ame, esa faceta de tom si que es nueva y muy adorable.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.